Música para la eternidad

El cantar de los gallos me ha despertado. Mi cuerpo está totalmente mojado por el sudor de la noche. Ahora, siendo las 6 de la mañana, estoy dando vueltas en la cama, esperando tener las suficientes fuerzas para levantarme y organizar la casa donde vivía el abuelo, pues desde su muerte, hace tres años, nadie pisaba este lugar.

La casa está ubicada a las afueras de un pequeño pueblo de clima tropical. Después de viajar un día entero desde la ciudad, llegué en la noche y lo único que hice fue acostarme en la primera cama que encontré para descansar después del viaje, claro está, no sin antes hacer un recorrido para ubicarme espacialmente. Nunca había venido a este lugar y, ahora que lo conozco, entiendo por qué mi madre siempre criticó que el abuelo viviera acá.

La casa es antigua, y está muy deteriorada. Alrededor del patio central, que imagino alguna vez fue un hermoso jardín, está toda la casa. Entrando por la puerta principal, a la derecha, el primer cuarto que hay parece ser una sala, hay dos sofás rústicos, una poltrona, dos butacas, una mesa de centro, una vitrola con algunos acetatos y una licorera; en la pared del fondo hay una ventana cuadrada que da a la calle, y en las dos que están a su lado, en cada una, hay un paisaje, en la pared restante, aparte de la puerta de madera doble y de color verde sólo está la licorera. Luego de la sala, en el cuarto del lado, que tiene la entrada sobre el costado derecho del patio, está el comedor, todos los cuarto son muy parecidos, tienen una ventana en la pared del fondo y la puerta doble de madera a la entrada. Después del comedor sigue la cocina, muy grande por cierto. A la izquierda de la entrada principal hay una gran alacena, que ahora sólo contiene algunos viejos productos que el abuelo tenía del mercado mensual que le mandaban sus hijos cuando aun estaba con vida.

En el corredor del lado izquierdo del patio hay tres puertas, cada una de ella es una habitación; la del abuelo se caracteriza de las otras dos por su orden, los objetos personales que en ella hay y un baño, las dos restantes sólo son dos camas, una mesa de noche, una lámpara y una cómoda, en medio de estas dos habitaciones hay un baño pequeño, que se comunica internamente con los dos cuartos. En el corredor del fondo del patio solo hay una puerta, detrás de ésta esta el lavadero, tres cuerdas soportadas en palos, en la que hay algunas prendas que algunas vez estuvieron recién lavadas, pero que hoy están desgastadas por el agua y el sol, también hay un pequeño depósito con algunas herramientas de jardinería y una huerta deshecha por la falta de cuidado.

Estoy acostado en la que fue la cama del abuelo. Me levanto, entro al baño, que está lleno de polvo y algunas telarañas, me lavo la cara, me cambio y salgo al pueblo para hacer mercado en la plaza principal y comprar todos lo implementos de aseo necesarios para dejar la casa limpia como, según me cuenta mi madre, la mantenía el abuelo.

Estando en la plaza, decido desayunar en ella. Todos me miran como lo que soy, un forastero. Me señalan y murmuran cuando paso por cualquier corredor del mercado. Así mismo, en el restaurante que desayuné, me preguntaron que si era familiar de don Veremundo, así se llamaba mi abuelo, les contesté que sí, y enseguida su cara cambió. No sé qué pasa en este pueblo, pero es como si el saber que la casa de mi abuelo está nuevamente habitada los asustara. En el restaurante les comenté que solo pensaba quedarme algunos días, pues vine a pasar mis vacaciones, y pensé que el mejor lugar para hacerlo sería en la casa del abuelo. Mi madre había prometido mandarme una cuota semanal de dinero para que me mantuviera.

De regreso a la casa me encuentro con algunas señoras que ya regresan de misa o del mercado. Me saludan cordialmente y me dan la bienvenida, pero, no sé por qué, es como si algo las obligara a saludarme y no fuera una verdadera acción de cortesía con un forastero.

Llego a la casa, de día las cosas se ven muy diferentes a como las vi cuando llegué. Ahora sí me doy cuenta de la magnitud de la tarea que me espera al querer ordenar la casa. Antes que nada, decido comenzar por el que va a ser mi cuarto, la habitación del abuelo. Primero, y casi hasta el medio día, lavo completamente el baño. Luego tomo un breve descanso, y me da por fisgonear las cosas del armario del cuarto. En el lugar destinado para colgar la ropa, en la parte de abajo, hay una tabla que no está bien puesta, y todo parece indicar que esconde algo. Así que decido forzarla y ver que hay detrás de ella. Sale una caja de madera cuadrada, de unos 10 centímetros de alto y su ancho es cuatro veces más grande, en cada lado hay un pequeño pero fuerte candado, voy al cuarto en el que vi las herramientas y busco lo que considero necesario para abrirlos. Luego de una forzada labor de cerrajería de principiante veo el contenido de la caja.

Lo primero que salen son unas hojas, ya amarillas por el tiempo, que están escritas a mano. En ellas hay una historia sobre una canción, la cual, al ser escuchada, hace que la persona a la que va dirigida nunca se vaya del lugar en el que la escuchó, y que cada vez que intente alejarse de ahí sentirá un dolor tan grande en el corazón que le será imposible no ponerle atención, dolor que además lo llevará a encontrarse consigo en un lugar lleno de paz y luz. Dice literalmente;

Cuando el corazón duele,
sólo él sabe que es lo que le hace falta:
la tranquilidad, paz y plenitud que genera
la melodía acá registrada,
melodía que lo saciará y llevará a lugares
nunca antes imaginados.

Pero el texto también tiene una salvedad, y es que la persona que cae en el juego puede elegir quien será el próximo en hacerlo; lo único que tiene que hacer es esperar a que se borre su nombre de la carátula del disco y escribir el que quiera, además, esa persona que se elija ahora, por la naturaleza de la vida, siempre va a encontrar el mensaje.

Al fondo de la caja hay un “L.P.”, la cara que veo es la del lado B, por ese lado dice, con la misma letra de la historia que acabo de leer, es un mensaje para ti. Me causa mucha curiosidad el mensaje, así que cojo el acetato y lo llevo a la vitrola que está en la sala. Al voltearlo, para saber que dice el lado A, me sorprendo mucho, pues en la misma letra de antes está escrito “querido...” y enseguida de esa palabra, con la letra de mi abuelo dice “...Mauricio” Tan pronto como leo ese texto, mi nombre desaparece de la carátula del disco. Saco un esfero de mi camisa y escribo “...Jorge”, el nombre de mi mejor amigo.

Mis piernas están temblando, no sé que hacer, mi corazón me impulsa a escuchar el disco, pero en realidad no siento la suficiente fortaleza para hacerlo.

Finalmente estoy frente a la vitrola, ya levante la aguja y puse el disco por el lado B, pues no fui capaz de escucharlo por el lado contrario. Ya son las 2 de la tarde y mi cuerpo necesita salir a comer algo para el almuerzo. Así que después de oír el L.P. pienso salir a comer. Mientras comienza a girar el disco mi cuerpo se estremece. Me siento sin fuerzas para detener la sonata, así que mejor espero para ver si se me pasa el malestar que tengo. Lo que escucho me deja asombrado, pues, aunque no conozco mucho de música clásica, esta parece ser una más de éstas. Lo más interesante es que no la relaciono con las obras que alguna vez he escuchado. Es una melodía placentera, tan pronto como las notas llegan a mis oídos mi corazón descansa, siento un gran alivio físico y ya estoy listo para salir a comer algo.

Luego de almorzar busco una cabina telefónica para llamar a mi casa. Hablo con mi madre y decido no comentarle nada de lo que pasó. Ella en cambio me dice que ha invitado a Jorge para que pase unos días conmigo en la casa del abuelo, que él viajo esta mañana y que lo espere para que no se pierda. Después de despedirme de mi madre me quedo pensando en lo que me dijo sobre la visita que voy a recibir. Mientras pienso en eso, mi corazón vuelve a doler, siento la necesidad de escuchar nuevamente la melodía y guardarla para que Jorge no la encuentre.

La escucho, siento que nuevamente mi cuerpo y alma están en paz, así que vuelvo a guardar la caja donde la encontré. Salgo al terminal de buses del pueblo a esperar a Jorge. Siendo las 12:10 de la mañana llega el bus que viene de la ciudad. Jorge se baja, recoge sus maletas y nos vamos para la casa. Camino a la casa me va contando lo aburrido del viaje y me dice que está demasiado cansado. Yo le cuento algunos apartes de la historia de la caja que encontré mientras fisgoneaba las pertenencias del abuelo, se ríe y no me cree la historia.

Ya es un nuevo día, pero hoy, el cantar de los gallos no fue el que me despertó, fue, un fuerte dolor en el corazón, en el alma. Son las 8 de la mañana, y los rayos del sol ya dibujan sombras en el patio central. Doy varias vueltas alrededor del patio para ver si el dolor pasa. Escucho el ruido de una puerta, miro, es Jorge, según él, así como me pasó ayer, lo despertó el cantar de los gallos, luego dio varias vueltas en la cama y finalmente optó por levantarse. Me pregunta qué me pasa, pues me ha visto desde hace algún tiempo meditabundo. Me quedo callado. Le propongo que me espere mientras me arreglo, y así podemos salir al pueblo a ver que hacemos, pues en realidad no tengo muchas ganas, por ahora, de seguir con la organización de la casa. Jorge acepta la propuesta, y mientras tanto, decide hacer algo para desayunar. De hecho, esto también lo hago para ver si cambiando de ambiente mi corazón deja de sufrir.

Mientras Jorge se dirige a la cocina, entro al cuarto. Cada paso que doy se me dificulta más. Caigo tendido en la cama. Mi corazón cada vez palpita más fuerte. Ya ni siquiera tengo las fuerzas suficientes para sacar la caja e ir a la sala para poner en LP en la vitrola. Mi cuerpo ahora yace frío y pálido sobre la cama del abuelo. Solo me resta verificar que Jorge encuentre la caja que está escondida en el armario para, al igual que mi abuelo, poder descansar en paz cuando la encuentre y subir a encontrarme con él y escuchar, eternamente, la dulce melodía por la que he muerto.

Charria

Comentarios

Rosa Roja ha dicho que…
mejor no escuchar la música y si leer el relato.
Besos
Anónimo ha dicho que…
Con este amigo uno no necesita enemigo