Pedir perdón no es suficiente

 


Hoy, 8 de febrero de 2022, me llené de frustración y tristeza al leer la noticia de El Tiempo en la que el Papa emérito Benedicto XVI pide perdón por los abusos cometidos por sacerdotes. 


El sentimiento de frustración y tristeza llega porque a mis 19 años, en 2002, cuando yo era un joven inocente y virginal que tenía como única meta de vida dedicarme al servicio de la iglesia desde el sacerdocio para ayudar a los más necesitados, fui víctima de abuso por parte de uno de los superiores de la comunidad con la que hacía mi acercamiento y discernimiento vocacional. Yo en esa época creía en el celibato y lo vivía. (Pero la historia completa de ese hecho no es el eje de este post, esa historia la escribió ya hace unos años un amigo para la BBC y aquí se puede leer).


Este sentimiento estuvo apagado y escondido durante años, hasta que en 2009 lo hablé por primera vez con alguien, ahí hice mi respectivo proceso de sanación y mi vida siguió. Sin embargo, en 2020, conocido por algunos cómo el primer año de la peste, el victimario se convirtió en un ‘influencer’ de la fe. Sus publicaciones en Instagram y Facebook sobre santidad, fe, Dios, amor y bondad empezaron a llenar mi feed y un día tomé la decisión de buscar a un amigo de aquella época que aún seguía en esta congregación religiosa.


Le pedí una cita y tuve una bonita y nutrida conversación con él. Sin embargo, esta conversación fue dura y compleja. Al llegar a la reunión, en la casa de ellos, volví a vivir el temor de la noche de los hechos. Llegué a una hermosa casa situada en un barrio bogotano, otrora de la sociedad acomodada de la ciudad. Mientras esperaba ser atendido escuché a lo lejos la voz del victimario, un sacerdote de esta comunidad que había ya ocupado altos cargos y que casualmente también vivía en este casa.


Mis manos empezaron a temblar, empecé a sudar frío y solo quería salir corriendo. En mi cabeza no tenía sentido que luego de casi 18 años solo escuchar su voz me generara este sentimiento de temor y miedo. Volvieron a mi memoria escenas de esa noche en la que lloré por horas bajo la ducha mientras me bañaba y me sentía sucio por lo sucedido. Noche en la que no pude dormir, cerré la puerta con seguro y cualquier paso que escuchaba, en ese corredor del seminario, temía que fuera el sacerdote acercándome a mi cuarto. Evidentemente, ese hecho dejó secuelas para siempre en mi vida. 


Luego de comentarle a mi amigo, ahora ‘gran jefe pluma blanca’ para Colombia y Ecuador de la comunidad, me ofreció su ayuda y por primera vez la comunidad se enteraba de lo sucedido. Tras revisar el caso tanto con los superiores en Roma, como con mi abogado acá, ¡oh sorpresa! El delito aun no había prescrito de manera penal y además también se podía abrir el caso en el derecho canónico, donde si había prescrito pero este caso tenía un agravante. 


Sin embargo, hacer esto iba a implicar que mis papás se enteraran, y uno quiere todo menos hacerle daño a sus papás por una herida de hace tanto tiempo. Más si se tiene en cuenta que en mi casa nunca apoyaron esa decisión mía y de hecho mi mamá siempre temía que algún cura fuera a abusar de mí. Así que por proteger a mis papás pedí a mi abogado que no radicáramos la demanda, documento que a hoy solo necesita mi firma, y decidí tampoco iniciar el proceso canónico. Todo por el mismo supuesto, iba a necesitar pruebas de mi viaje a Medellín y los únicos testigos serían mis papás.


Además, hay que tener en cuenta que en los delitos sexuales es muy complejo que haya pruebas. Fuera como fuera, esto iba a ser la palabra del victimario contra la mía, lo que complicaba el panorama frente a un juicio, y sí iba a abrir una herida muy dolorosa para mí.


Durante este tiempo, el abusador se enteró de los hechos y me insistió para hablar. Yo no escuché a mi abogado, porque a veces mi bondad me hace pasar por bobo, y acepté un desayuno que no grabé y al que fui solo. Una vez más, me quedaba sin pruebas. En este desayuno, que se llevó a cabo en un restaurante cerca a mi casa, me regaló una estatuilla de San José y me pidió perdón. ¿En serio así se pasa la página y se sana una herida de tal talante?


Pero tuvo el descaro de ir más lejos. Me propuso que hiciéramos un taller de perdón y reconciliación, además que él soñaba con escuchar que yo lo perdonara y que pudiéramos compartir cenas y grandes festines como los amigos que nunca fuimos. Cabe contar que a él lo conocí dos o tres días antes del abuso. Para completar, me invitó a un retiro de reconciliaron en Villa de Leyva, espacio que él mismo iba a dirigir. 


Luego de este episodio, para mí empezó una segunda etapa con el abusador. Sí, una segunda temporada tras 19 años de los hechos. Mensajes de WhatsApp, oraciones en las que yo no le creía (como dice mi mamá: no le creo ni lo que reza). Fue tan la intensidad que tuve que volver a hablar con mi amigo para pedirle que le dijera que no me escribiera más. Al final no fui al retiro y pensé que el mensaje había sido claro.


A las pocas semanas volvió a insistir con un encuentro, y acepté para decirle que esto no era cómodo para mí y que en verdad agradecía su intensión pero que yo no estaba interesado en ningún tipo de relación con él, que para mí mantener contacto con él era difícil, que no me sentía cómodo y me me daba miedo.


Aun así, los mensajes parecieron no ser claros y en diciembre de 2021 me volvió a contactar para tener un almuerzo de navidad. Quise ser muy diplomático dándole largas, pero su insistencia fue tal que terminé bloqueándolo en mi celular.


Si así es mi dolor y sentimiento, no quiero ni saber el de cientos o miles de víctimas que desde la infancia han sido abusados por clérigos, como para que el Papa emérito salga a decir “pido perdón”. Ese perdón a mi me lo pidió el abusador y aun así no se lo concedí, y no por rencor, si no porque no le creo, no veo en sus palabras un arrepentimiento, solo un perdón falso de alguien que va por la vida cagándose en los demás y pidiendo ‘perdón’ por sus actos de forma sistemática, casi como un autómata. 


El tema de los abusos en la iglesia va más allá de pedir perdón, eso lo venimos escuchando y leyendo las víctimas hace tiempo. ¿Se necesita una reforma acaso? El tema de la sexualidad es algo que no debe privarse a una persona, o es que acaso no es muestra de ello no solo los abusos que comenten algunos clérigos, si no también los noviazgos entre curas (qué sé que existen) y hasta las orgías que arman a puerta cerrada incluso en las comunidades más conservadoras de la iglesia (de esto me han contado varios casos).


No más hipocresía por parte de la iglesia, no más doble moral de los curas que salen a condenar a los homosexuales y decirles que se van a quemar en el infierno cuando ellos se meten al oratorio no precisamente a orar. Creo que es momento de una renovación de fondo, de acciones que lleven a los abusadores a ser juzgados al igual que cualquier delincuente y a los curas buenos, porque hay curas buenos y son MUCHOS, a optar libremente por vivir esa castidad antinatural que ha sido impuesta en la Iglesia Católica. 


Cierro este post con un agradecimiento a la iglesia por la formación católica que me dio tanto en el colegio como en la universidad, por grandes amigos curas que tengo y por el sacerdote que me ayudó a entender que Dios no me juzga por quien soy, porque Dios simplemente es amor. Gracias a la iglesia que me formó soy en gran parte el adulto que ustedes conocen, la otra parte, y las más importante, es por mis padres, mi hermano y mi familia. 


By Charria.

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