Gente buena
Hace diez años llegó el Papa Francisco a la cabeza de la Iglesia y recuerdo como con inmensa alegría, mientras estaba en alguna clase de mi posgrado en Brasil, celebré que fuera un Jesuita con buenas intensiones, con mucha sencillez, además de contar con un exceso de humanidad y empatía. Han sido diez años en los que el Papa ha trabajado constantemente para que la Iglesia Católica avance, se modernice y responda de una mejor forma a la necesidades de la sociedad actual. Sin embargo, al ser yo solo un ciudadano más, que no es experto en nada, y mucho menos en análisis papales, vuelvo un poco a lo que me trae a escribir una pequeña reflexión, la gente buena en el clero.
En días pasados, me encontré circunstancialmente con un prelado de la Iglesia. Sin embargo, al momento de cruzármelo por primera vez no tenía ni idea de su nombre, ni su cargo. Yo, haciendo caso a una decencia básica, lo saludé, teniendo como respuesta alguna leve señal de saludo, seguida por una mirada de desprecio. Esa misma con la que los de extrema derecha miran a los de la izquierda y vice versa.
Además, haciéndole caso a mi intuición, facultad que gracias a mi psicóloga he venido fortaleciendo y practicando, pensé: que tipo tan mala leche.
Uno creería, estúpidamente, que quien usa una sotana y lleva un crucifijo de plata de tal tamaño, debería obrar con más sencillez, humildad y empatía. Claro, pensarán ustedes que soy un ridículo por creer que un cura que no conozco me deba saludar con mayor calidez. Y sí, eso lo pensé en su momento también. Pero, hay un componente adicional, los dos estábamos esperando, bajo un inclemente sol, a que nos abrieran una puerta de acceso. La única forma de entrar era haciendo una llamada, yo no tenía señal, pero el sacerdote sí.
Acá empecé a ver una mala actitud, una falta de empatía. Luego de 20 minutos de espera le pregunto: ¿usted ya llamó a avisar para que abran la puerta? Su respuesta fue un ¡no! Seco. Tajante. Frío. Que complementó con un “yo espero”. A esto se debe añadir que cuando yo llegué, él ya estaba allí desde hace un buen rato y su chofer solo caminaba de arriba hacia abajo, sofocado por el inclemente sol de esa mañana de diciembre.
Ante tal situación, yo decido empezar a moverme y subirme a troncos o piedras, con el único objetivo de coger algo de señal en mi teléfono, mientras el Cura aquel seguía con sus llamadas banales en el teléfono. Era evidente, él sí tenía señal.
En ese momento, como por providencia divina, como si algo bueno tuviera aquel oscuro y lúgubre personaje, me entra un mínimo de señal, suficiente para avisar que había llegado y que me hicieran el favor de abrir la puerta.
Cuando le dije que ya venían a abrir, por primera vez y como un obligado acto de “agradecimiento” por él también verse beneficiado de mi gestión, me ofrece subirme a su gran camioneta blindada, que quizá era la culpable de tanta amargura y tal exceso de soberbia. Invitación que acepté con un gracias, pero que nunca concreté.
Después de un momento me lo presentaron formalmente, y ahí tuve la oportunidad de identificar con cargo y nombre a tan oscuro personaje. Quien además, en cada movimiento, palabra y ademan que hace en público interpreta al peor de los actores con una sobre articulación, movimientos suaves con sus manos como si fuese un director de orquesta que ha perdido la emoción de la sinfonía y un caminar socegado y meticuloso.
Personajes así, son todo lo opuesto a lo que el mayor Jerarca De la Iglesia hoy profesa y busca que haya. Son todo lo que no debe ser una persona que decide hacer tales renuncias para servir y llevar el amor de Dios a las personas.
Es triste ver como estas personas turbias, poco transparentes y que en verdad dejan que sus viajes y títulos alimenten a su corazón; sean quienes dirigen la iglesia. Evidentemente está muy cómodo en su posición actual, que con certeza soltara el día de su muerte, que el mismo cree que está cerca y que si pasa, sería todo, menos una perdida grande para el catolicismo.
Al conocerlo y ver su actitud vinieron a mi cabeza preguntas tipo: ¿a cuantos curas pederastas habra encubierto? ¿Qué tan corrupto es? ¿Fue fiel a sus votos? ¿Es un hombre bueno? Preguntas que por mucho llegaron solo a este escrito y que hacen parte únicamente de mi curiosidad. No son ahora, ni serán nunca, una acusación, al menos que a futuro llegase a tener pruebas para ello.
Luego de este encuentro con tan extraño personaje, a quien por su actitud y fisionomía mi cerebro identificó automáticamente con el Señor Burns de Los Simpsons (Mr Burns - The Simpsons), confirmo que los buenos en la Iglesia son más. Pero tristemente, su labor se ve oscurecida porque los malos, que como pasa en muchos grupos sociales, son quienes más sobresalen.
Me cuestiono hoy si no debería la Iglesia estar llena solo de gente buena que viene a servir. No por oportunistas que están allí como vía de escape a una realidad socio-económica, para esconder su sexualidad (yo sé, pasa aun en el siglo XXI), o por el status del sacerdote (que hoy día, tristemente, está muy golpeado).
Sería acaso muy loco pensar que la Iglesia sea como estas grandes corporaciones que hacen tal trabajo en términos de cultura organizacional para que todos en verdad trabajen por el mismo objetivo. Un lugar donde además haya una oficina real de Recursos Humanos que mide, evalúa y gestiona a las personas de la organización, y que cuando es necesario echa a quienes no cumplen con su labor.
Creo que es necesaria la labor de cambio que el Papa Francisco intenta sacar adelante, porque si la Iglesia sigue como está, será como una empresa pública y burocrática en la que nadie cumple con el objetivo de la organización, pero donde no pueden exigir calidad ni cumplimiento porque todos están sindicalizados como dinosaurios que se resisten al cambio. Lo más triste, por si estas personas no lo saben, es que los dinosaurios se extinguieron, son cosa del pasado. Lo mismo pasará con la Iglesia si no se llena de gente buena y deja de ser una organización política y paleontológica.
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