Ahí les va...

La idea del Post de hoy es compartir este cuento, un poco extenso (4 hojas carta), que escribí hace un tiempo.

YOLANDA

Esto no puede ser no más que una canción, quisiera fuera una declaración de amor…”

Ese es el comienzo de la canción preferida de “Pancho”, que siendo las cuatro de la mañana recordaba tristemente sentado en la playa de roca. Veía las olas que algunas veces alcanzaban a mojar sus pies cuando llegaban a la orilla. Lo que más le gustaba de estar sentado en esta playa, que quedaba justo enfrente de su casa, era el fuerte ruido que hacían la piedras entre si, estrellándose, cada vez que las olas se devolvían.

Luego de sumergirse en un profundo llanto, más o menos a la una de la mañana, se había salido de su casa, en donde se había organizado una fiesta con todos sus amigos después de su regreso del exterior. No aguantó más la bulla y la sonrisa falsa de la mayoría de los que estaban en la reunión. Se le vinieron a la cabeza todos los recuerdos de su último noviazgo, ese que él quería que ahora viviera en la eternidad, que no se acabe nunca. Pero sabía que la verdad no era esta, sino todo lo contrario. Ya no había, ni existiría esa relación. no estaría más ella para impedirle que fumara marihuana, que bebiera todo el vodka que quisiera, para detenerlo cada vez que él había intentado acostarse con ella.

A Carolina la había conocido el día que entró a la secundaria, hacía siete años. Mientras pasaban por la puerta principal de la escuela, a ella le llamó la atención ver a un latino en su escuela y quiso saber quien era. Desde ese momento, todos los días al salir, se iban riendo, contándose sus cosas y el por qué ambos habían terminado en aquel pequeño pueblo, sin ninguno de los dos ser de ahí. Así se hicieron grandes amigos, compartían todo.

Desde que Pancho la vio en la puerta de la escuela, no hacía más que pensar en ella todos los días, al desayuno imaginaba como podrían estar los dos en su casa, sentados en el muelle, acompañados por la música que hacia el mar con las piedras de la playa. Como tomaban un frío desayuno de fruta y cereales, luego de pasar la noche entera amándose sin cesar. Esa imagen se repetía en su mente, constantemente, la amaba en silencio, pues sabía el daño que le podía hacer a una niña como ella, el estar con el hijo exiliado de un traficante de armas latinoamericano, que ahora sólo quería reanudar su vida.

Para Carolina él sólo era su mejor amigo, la persona que más quería en la vida. Como vivía solo en el pueblo, ella lo invitaba a pasar los fines de semana con su familia en la granja que tenían a una hora de la ciudad. Era un lugar espectacular, lleno de tranquilidad, olor a frutas, pájaros que todos los días los despertaban con sus suaves melodías. Solo allí ella podía encontrarse con el verdadero Pancho, verlo totalmente feliz, libre. Sin estar pensando en que se podía encontrar con alguien que conociera su pasado, que lo juzgara por todo lo que su familia había hecho, y que era la razón por la que huía de su país natal, de esos falsos amigos, de la prensa que lo perseguía para que diera declaraciones acerca de su padre, de ese ser juzgado por todo el mundo.

La casa en la que esta noche fue la fiesta, era lo único que había quedado luego de todo el proceso de extinción de bienes que había tenido que enfrentar su familia dentro del juicio al que se tuvo que someter. Este verano Francisco había regresado al país, por primera vez, luego del suicidio de su papá en la celda. Su regreso había sido secreto, solo supieron de este sus amigos. Había corrido con la suerte de no encontrarse con ningún periodista en el aeropuerto y eso comprobaba el buen trabajo que había hecho ellos para mantener el secreto. Tan pronto como salió del aeropuerto, fue recogido por Andrés, quien aparte de Esteban, que se encargó de los tiquetes y de adecuar la casa de playa para recibir a Pancho, eran sus dos únicos amigos, y las personas en las que confiaba Francisco.

Su regreso no era para más, que para encontrar respuestas. Pensaba estar en el país todo el verano y luego regresar para continuar con su universidad. No había venido al funeral de su padre, siendo el único familiar.

Esa noche, luego de leer la noticia en Internet de la muerte de su padre, llamó a Carolina para contarle que tenía que viajar con urgencia a su país. Después de mucho timbrar el teléfono, contestó Yolanda, la mejor amiga de Carolina. Pancho no entendía que hacía ella ahí, pues esa noche ambos había coincidido en que no harían nada, incluso dormirían temprano, para poder estar descansados puesto que al día siguiente saldrían a cabalgar por los alrededores del pueblo, y necesitaban estar como nuevos.

- Hola… ¿Yolanda? – Preguntó sorprendido.

- Hola Pancho, estaba a punto de llamarte… - dijo ella con vos entrecortada.

- ¿Le pasó algo a Carolina? ¿Por qué estás llorando?

- Vine tan pronto como pude, luego de que sus padres me llamaron a preguntarme si sabía algo de ella, pues no contestaba en su casa. Cuando llegué la encontré tirada en el suelo, parece que se rodó por las escaleras de la casa…

- Pero dime, ¿está bien, qué tiene?

- La ambulancia está en camino, aunque respira, parece que sólo está inconciente…. No responde a nada. Ya le avisé a sus padres, y están regresando en el primer vuelo de mañana…

- ¿Hace cuanto fue?, por favor espérame ya voy para allá…

- Veámonos en la Clínica de María Auxiliadora, allí la estoy llevando…

- Ya nos vemos.

Francisco estaba embriagado por la tristeza, no entendía por que Dios le hacia esto. Cuando ya todo en su vida parecía normalizarse, y el pasado no le obstaculizaba nada, un día, toda se desmorono. No sabía que hacer. Para dónde ir. Cancelo el viaje a su país y se quedó con la mujer que amaba; acompañándola, aun sabiendo que ella no sabía que él estaba a su lado. El motivo de ir a cabalgar del día siguiente, era para celebrar el primer año de novios. Luego de cabalgar hasta el lago, pensaban almorzar en un chalet que está a la orilla, y allí él pensaba proponerle matrimonio. Ahora, este plan perfecto y romántico había virado bruscamente.

Después de prácticamente vivir en la clínica seis meses, sus pocas esperanzas se desvanecieron totalmente el día que entró a la habitación de Carolina y la encontró vacía. Los padres de Carolina, que nunca estuvieron muy de acuerdo con esta relación, había optado sacarla este día de la clínica para llevarla a su casa, y no le avisaron a Pancho. Yolanda fue quien salió al encuentro y, suponiendo que él no sabía nada, le contó el por qué había pasado todo esto, y que era mejor que dejara las cosas quedaran así, igual las posibilidades que tenía Carolina de vivir eran muy escasas. Incluso, esta fue la razón por las que sus padres optaron por sacarla de la clínica, pues querían que ella pasara sus últimos días de la mejor forma posible, y no habían visto un mejor lugar que su propia casa. Desde que les dieron el dictamen médico ellos acoplaron una parte de la casa, para que allí pudiera estar su hija cómodamente.

Al ver que cada vez los padres se oponían más a que él la visitara, y volviera a pasar esas tardes enteras con ella, como lo hacía en la clínica, optó por escribirle todos los días cartas, que Yolanda le hacía el favor de leerle. Los padres se habían propuesto que Francisco no volviera a la casa.

El día del funeral, después de despedir a la primera y única persona que había amado, viajó de regreso a su país. En su casa estaba Esteban, con un pequeño grupo de amigos, esperándolo para hacerle la bienvenida. Fuera de la muerte de su padre, de quien sabían era muy distante, nadie sabía que le pasaba a Pancho. Sólo sabían que venía a pasar el verano, que su viaje había sido muy repentino, y lo único que querían era recibirlo con una reunión es su casa. Al llegar a casa Pancho se sorprendió del recibimiento que estaba organizado. Luego de saludar a la gente, y de que comenzara la fiesta, subió a su cuarto, se encerró y comenzó a llorar. ¿Qué pasa? ¿Por qué me hacen esto? Francisco cada vez entendía menos.

Estaba bien que él no hubiera contado nada a sus amigos, pero era evidente que era el novio de Carolina, la hija menor de los reyes de Suecia. Todo el mundo se tuvo que haber enterado de su muerte, su funeral fue hoy… pensaba Francisco. No soportó la incomprensión de sus amigos y salió corriendo de la casa para sentarse en la playa y permitir que fuera la inmensidad del mar la que le ayudara a entender todo lo que pasaba.

Ninguno de sus amigos se había enterado de la muerte de la Princesa Carolina de Suecia, pues hasta donde sabían no existía ninguna. Por esta misma razón tampoco supieron de su muerte, y mucho menos pudieron deducir que era Pancho el novio de la Princesa que los reyes detestaban. Tampoco se enteraron del accidente, y la larga agonía por la que había pasado ella y, por supuesto, Francisco estando a su lado y escribiéndole cartas a diario donde le declaraba su amor. Por el contrario, les había llamado la atención la cantidad de cartas de amor, escritas por Francisco, que estaban en una caja en su armario y que Pancho guardaba celosamente. Lo único que sabían, por las fechas de las mismas, era que las escribía desde que estaba en Suecia.

El día del funeral de Carolina, Francisco prometió seguir escribiéndole cartas día a día, declarándole su amor, y diciéndole como, así Dios se la hubiera querido llevar y separarlo, él no la iba a olvidar y por el contrario la amaría cada día más.

Andrés, que conocía por su padre, pues este era médico psiquiatra, algunos casos de esquizofrenia, comenzó a sospechar que Francisco podía llegar a padecerla. Otra cosa que les llamaba la atención era el como Pancho se había sumergido en una profunda tristeza desde que regresó al país. No salía de su casa, no quería hablar con nadie, todo con el pretexto de evitar la gente que conocía a su padre. Incluso, no se interesaba por visitar a su padre en el cementerio, de querer saber un poco más acerca de por que se había quitado la vida.

Faltando pocos días para que se acabara el verano, y luego de haber hablado con su papá, Andrés planeó, junto con Esteban y los mejores médicos de la clínica de reposo de sus padres, una trampa para poder llevar a Pancho.

Fue así como una semana antes del viaje, Andrés y Esteban invitaron a Francisco a pasar unos días en la casa de descanso de los papás de Esteban. Luego de convencer a Pancho de que no iba a ser como la fiesta de bienvenida, salieron para la casa de campo. En verdad se dirigían a la clínica de los papás de Andrés. Por el camino, dijeron que pararían ahí, pues tenían que recoger algunas cosas que iban a necesitar para el paseo.

Cuando entraron, bajaron del auto los tres, Andrés entró al edificio, en ese momento se acercaron dos médicos, por detrás del carro, con la ayuda de Esteban y de algunos empleados entraron a Francisco a una habitación.

Al estar solo en el cuarto, en medio del desespero por no saber lo que pasaba, vio, en una esquina, a Yolanda. Le contó todo lo que había pasado, ella lo tranquilizo y lo acompañó hasta que él se quedó dormido, ella lo estuvo acompañando toda la noche, velado que descansara y se quedara tranquilo en el lugar en el que Francisco iba a pasar el resto de sus días, acompañado por quien fue la mejor amiga de su amada.

Charria

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